El Secreto de la Humildad y el Despertar en los Tiempos del fin
Por el Rav Eliezer Berland
¿Cómo es posible que Moshé Rabenu, quien realizó los mayores milagros de la historia, fuera el más humilde de todos los hombres? Una profunda enseñanza sobre el reconocimiento de que todo es un regalo gratuito del Cielo y sobre el inmenso despertar espiritual que descenderá al mundo precisamente desde la oscuridad de las últimas generaciones.
Está escrito: «Y allí acampó Israel frente al monte» (Éxodo 19:2). Cada persona veía que el otro era mejor que ella, que era más justo y más santo. Este es el secreto de Moshé Rabenu, acerca de quien la Torá declara:
«Y el hombre Moshé era muy humilde, más que cualquier persona sobre la faz de la tierra».—Números 12:3
Surge entonces la pregunta: ¿cómo podía Moshé ser el más humilde de todos los hombres? Estamos hablando de alguien que ascendió al Cielo durante cuarenta días y después otros cuarenta, descendió con las Tablas de la Ley, dividió el mar, trajo las diez plagas, sometió al faraón e hizo que todo Egipto se hundiera en el mar. ¿Cómo podía una persona así ser humilde?
La respuesta es que Moshé Rabenu se decía a sí mismo: «Así nací. Todavía no he hecho nada en mi vida. No adquirí por mis propias fuerzas cualidades especiales ni un alma pura; sencillamente, nací así». Moshé Rabenu nunca sintió que hubiera logrado algo por su propio poder.
Sobre esto enseña Rabí Najmán, en Likutéi Moharán, segunda parte, enseñanza 2, al comentar el versículo: «No soy hombre de palabras, ni de ayer ni de anteayer» (Éxodo 4:10). Esta es la verdad absoluta. Cuando una persona mira dentro de sí, examina sus 248 miembros, sus 365 tendones y todas sus facultades espirituales, puede ver que todavía no ha logrado nada en la vida.
El despertar que viene de lo Alto
Hoy, gracias a Dios, el movimiento de teshuvá —el retorno a Dios— crece día a día. Vemos que no deja de expandirse; todos están volviendo a Dios. Pero ¿puede una persona decir: «Yo hice teshuvá»? En realidad, descendió un espíritu de lo Alto, un espíritu celestial, y gracias a él las personas están retornando.
La persona debe comprender: «Yo no hice nada; fue un espíritu de lo Alto el que despertó en mí». Este era precisamente el nivel de Moshé Rabenu.
Rabí Najmán explica allí que hablar con verdad consiste en reconocer esta realidad. En cambio, la esencia de la soberbia procede de un defecto en la sangre, de una sangre turbia. Acerca de los arrogantes está escrito:
«Los hombres sanguinarios odian al íntegro».—Proverbios 29:10
Pues la soberbia es un defecto de la sangre.
Las guerras espirituales en el final de los días
En el libro Galei Razia se enseña que, hasta el año 5760 —correspondiente al año 2000—, habrá una rectificación de las 974 generaciones. Desde el año 5760 hasta el final del sexto milenio, serán años caracterizados por el versículo:
«Y los de elevada estatura serán talados».—Isaías 10:33
El libro explica que los malvados de ese período serán infinitamente peores que los anteriores. Lo vemos en los sistemas políticos y sociales: se va produciendo una clara separación de fuerzas. Las personas se ven obligadas a elegir un lado, a ser completamente malvadas o completamente justas.
Comienza a producirse en el mundo una terrible separación de fuerzas. Estas son las guerras espirituales a las que alude el versículo: «Los hombres sanguinarios odian al íntegro». Surgirán personas de sangre turbia que odiarán literalmente la santidad y querrán arrancarla de raíz, destruirla y aniquilarla. Serán guerras terribles por la existencia misma de la emuná, la fe.
Un espíritu de pureza desde lo Alto
Pero, al mismo tiempo, el movimiento de teshuvá seguirá creciendo. ¿Por qué? Porque en Galei Razia se enseña que habrá un inmenso despertar desde lo Alto, llamado itaruta dileéla. Precisamente frente a toda esa oscuridad, descenderá del Cielo un espíritu tan poderoso que todos podrán retornar a Dios con facilidad.
Cuando una persona hace teshuvá, debe reconocer que se trata de una iluminación y de un despertar provenientes de lo Alto. Debe decir: «He retornado a Dios, pero fue un espíritu celestial, un espíritu de lo Alto, el que iluminó mi interior».
Esta era la cualidad de Moshé Rabenu, quien dijo: «No soy hombre de palabras, ni de ayer ni de anteayer». Moshé sentía que nunca había logrado nada por sus propias fuerzas, sino que todo era un regalo gratuito y una bondad proveniente de lo Alto.
Parte 1 de 2.



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