SENDERO DE LOS JUSTOSPor el Rabino Moshe Jaim Luzzato [RAMJAL] Zt”L
בפרטי מדת הנקיות
CAPÍTULO 11
Las particularidades del rasgo de la limpieza
Este capítulo es tan amplio que fue dividido en cinco partes para facilitar el estudio de los detalles del rasgo de la limpieza. El capítulo 11, en su totalidad, contiene 171 versículos. Ahora nos enfocamos en la quinta y última parte, correspondiente a los versículos 144 al 171.
Quinta parte: versículos 144–171
Contenido de la quinta parte
- Los celos y la envidia
- La ansia de tener riqueza y honor
- La codicia del dinero
- La codicia del honor
- Palabras finales
Los celos y la envidia
Los celos no son más que falta de entendimiento y necedad. Quien envidia lo ajeno no obtiene beneficio alguno para sí mismo ni le causa pérdida a la persona envidiada. El único daño real lo sufre él mismo, tal como dice el versículo: “Los celos y la envidia matan al necio” (Iyov 5:2).
Hay personas cuya necedad es tan grande que, al ver algo bueno en su prójimo, se consumen por dentro. Se inquietan y sufren tanto que ya no pueden disfrutar ni siquiera de lo bueno que poseen, cegados por el dolor de ver lo que está en manos de otro. Como dijo el sabio: “Los celos, la codicia y la envidia son la podredumbre de los huesos” (Mishlei 14:30).
Otras personas no padecen una envidia tan intensa, pero sí sienten cierta incomodidad cuando ven a alguien ascender a un puesto más alto, salvo que se trate de un amigo muy cercano. El malestar aumenta si quien asciende no les agrada, y más aún si es un extraño o alguien recién llegado.
A veces la persona aparenta alegría por el éxito del otro, pero por dentro su corazón no está en paz. Esto ocurre con frecuencia en la mayoría de las personas. Aunque no estén dominadas por los celos del primer grupo, todavía no están completamente libres de la envidia y la codicia. Esto sucede especialmente entre personas del mismo oficio, pues, como dijeron nuestros sabios: “Todo artesano odia a su compañero” (Bereshit Rabá 19:2), sobre todo si el otro tiene más éxito.
Pero si el hombre comprendiera que “ninguno puede tocar lo que está destinado para su prójimo ni el grosor de un cabello” (Yoma 38b), y que todo proviene del Eterno según Su sabiduría y Su juicio perfecto, entonces no tendría razón alguna para entristecerse por el éxito del otro.
Esto es precisamente lo que anuncian los profetas sobre la era futura: el Santo, bendito sea, eliminará de nuestros corazones este rasgo tan feo, para que el bien de Israel sea completo. Entonces nadie sufrirá por el bien ajeno, ni será necesario ocultar los propios logros por temor a la envidia de otros.
Así lo expresó el profeta Isaías: “La envidia de Efraín cesará, y los adversarios de Judá serán destruidos; Efraín no tendrá envidia de Judá…” (Isaías 11:13). Esta será una paz semejante a la de los ángeles ministradores, quienes sirven con alegría cada uno en su lugar, sin celos ni rivalidad, porque conocen la verdad y están satisfechos con su porción.
La ansia de riqueza material y honor
Las hermanas de los celos y la envidia son el deseo y la codicia. Son fuerzas que agotan el corazón del hombre durante toda su vida, como dijeron nuestros sabios: “Ningún hombre muere habiendo alcanzado la mitad de sus deseos” (Kohelet Rabá 1:13).
La raíz de la codicia se divide en dos ramas principales:
- la codicia por el dinero, y
- la codicia por el honor.
Ambas son muy dañinas y traen consigo muchas consecuencias negativas.
La codicia del dinero
El deseo de dinero ata al hombre con los grilletes de este mundo y lo encadena con cargas de trabajo y preocupación. Como dice la Escritura: “Quien ama el dinero no se saciará de dinero” (Kohelet 5:9).
La codicia del dinero aleja a la persona del servicio del Eterno, porque muchas plegarias se pierden y muchas mitzvot se descuidan por exceso de ocupaciones y por la búsqueda constante de ganancia. Y aún más grave es el daño respecto al estudio de la Torá, como dijeron nuestros sabios en Eruvín 55a, al interpretar: “No está sobre el mar” (Devarim 30:13), refiriéndose a quienes viajan por negocios.
También aprendimos: “No todos los que se ocupan en muchos negocios se vuelven sabios” (Avot 2:5). La codicia por el dinero expone a la persona a muchos peligros, debilita su fuerza con preocupaciones constantes y, aun cuando ya ha acumulado mucho, solo aumenta su carga, como enseñaron: “Quien aumenta sus posesiones, aumenta su preocupación” (Avot 2:7). En muchos casos, esta codicia lo lleva incluso a transgredir las mitzvot de la Torá y también principios básicos de conducta y razón.
La codicia ligada al honor
Pero aún más fuerte que la codicia por dinero es el deseo de honor. Incluso cuando una persona logra dominar su inclinación al mal respecto a las riquezas y los placeres, el honor puede ser su mayor prueba. Le resulta casi imposible soportar verse por debajo de sus compañeros, y precisamente en esto han tropezado muchos.
Aquí fue donde Yerovam ben Nevat perdió su porción en el Mundo Venidero, únicamente por amor al honor. Nuestros sabios relatan que el Santo, bendito sea, lo tomó de su manto y le dijo: “Arrepiéntete, y tú y Yo y el hijo de Ishai caminaremos juntos por el Jardín del Edén”. Yerovam preguntó: “¿Quién será mayor allí, él o yo?” Y cuando se le respondió que el hijo de Ishai sería mayor, dijo: “Entonces no quiero”.
¿Y qué causó la destrucción de Koraj y de toda su congregación rebelde? Solo el honor. La Torá lo deja claro: “¿También buscan ustedes el sacerdocio?” (Bamidbar 16:10). Nuestros sabios explicaron que todo surgió porque Koraj vio a Elitzafan ben Uziel nombrado jefe de la tribu, y quiso ocupar ese lugar.
Del mismo modo, nuestros sabios enseñaron que el mismo afán de honor fue lo que llevó a los espías a hablar mal de la tierra de Israel, provocando su muerte y la de toda una generación. Temían que, al entrar en Eretz Israel, otros ocuparan sus puestos y se redujera así su prestigio.
¿Qué hizo que Shaúl comenzara a perseguir a David? También fue el honor. Pues está escrito: “Las mujeres cantaban y decían: ‘Shaúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles’… Y Shaúl miró con malos ojos a David desde aquel día” (Shmuel I 18:7–9).
¿Y qué motivó a Yoav a matar a Amasa? Solo el honor. Porque David había dicho a Amasa: “Serás jefe del ejército delante de mí todos los días” (II Shmuel 19:14).
En resumen: el honor es el impulso que más fuerza ejerce sobre el corazón humano, más que cualquier otra codicia o deseo mundano. Sin esa obsesión, al hombre le bastaría con lo necesario para comer, vestirse y tener un techo que lo resguarde. Su sustento sería sencillo y no sentiría la necesidad de esforzarse sin descanso para acumular riqueza.
Pero como no soporta verse por debajo de los demás, se somete a un esfuerzo interminable. Por eso nuestros sabios enseñaron que “los celos, la codicia y la honra sacan a la persona del mundo” (Avot 4:21), y nos advirtieron: “No busques grandeza para ti mismo ni codicies el honor” (Avot 6:5).
¿Cuántas personas se arruinan por esta causa? ¿Cuántas terminan humillándose para depender de la caridad, en lugar de aceptar un trabajo que no consideran digno por temor a perder prestigio? ¿Puede existir mayor necedad que esta?
Prefieren la ociosidad, que puede llevar a la enfermedad mental, la inmoralidad, el robo y todo tipo de pecados, antes que rebajar un poco su orgullo y renunciar a un honor imaginario.
Sin embargo, nuestros sabios, que siempre nos guiaron por el camino de la verdad, dijeron: “Ama el trabajo y odia la autoridad” (Avot 1:10). También enseñaron que incluso un hombre importante debe trabajar sin pensar que algo le queda por debajo de su dignidad, y que es mejor ocuparse en un oficio modesto que depender de otros.
Palabras finales
En conclusión, el deseo de honor es uno de los mayores obstáculos para el ser humano. Nadie puede ser un servidor fiel de su Creador mientras siga preocupado por su propio prestigio, porque inevitablemente terminará disminuyendo el honor del Cielo por causa de su propia vanidad. Esto es lo que expresó el rey David: “Aún me humillaré más que esto, y seré bajo a mis propios ojos” (Shmuel II 6:22).
El verdadero honor no es otro que el conocimiento genuino de la Torá. Nuestros sabios dijeron: “No hay honor sino la Torá”, como está escrito: “Los sabios heredarán honor” (Pirkei Avot 6:3).
Todo lo demás no es más que honor imaginario y falso, una vanidad sin provecho, como dice el versículo: “Vanidad sin valor” (Yirmiyahu 16:19). Por eso, quien aspire al rasgo de la pureza y la limpieza debe purificarse por completo de este deseo. Entonces alcanzará el verdadero éxito.
Y de igual manera debe cuidarse de la codicia del placer, pues esta también ciega al hombre y lo arrastra a la ruina. El placer ilícito parece dulce por un momento, pero en realidad es un soborno que nubla el juicio, endurece el corazón y le hace perder la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Así como el dinero corrompe al codiciador cuando compra su entendimiento, también el placer prohibido corrompe al hombre desde dentro, hasta hacerlo esclavo de sus deseos.
Este tipo de codicia no destruye solo al individuo; también arrastra consigo a quienes lo rodean. La persona que se deja dominar por el placer termina dañándose a sí misma, y con frecuencia perjudica también a sus asociados, amigos y familiares. Su conducta se vuelve fuente de engaño, crueldad y desorden, porque para satisfacer sus deseos puede llegar a mentir, a manipular, a traicionar y a endurecer su corazón contra los demás.
Por eso, tanto la codicia del dinero como la codicia del placer ciegan al hombre. Ambas lo alejan de la verdad, lo esclavizan a lo material y lo apartan del servicio del Eterno. Quien desea la limpieza verdadera debe alejarse de estas trampas con la misma firmeza con la que se aparta del fuego, pues no hay paz ni elevación para quien vive perseguido por sus apetitos.
Hasta aquí hemos repasado muchos detalles del rasgo de la limpieza. Lo dicho debe servir como modelo para todas las demás mitzvot y cualidades, para que “el sabio oiga y aumente su saber, y el entendido adquiera consejo” (Mishlei 1:5).




No hay comentarios.:
Publicar un comentario